

Dani Salas ha filmado cumbres desafiantes (acaba de volver del
Kilimanjaro) y agujeros de atraganto (la Caldera de Luba, en Guinea Ecuatorial).
Pero su aventura más provocadora no figura en los mapas: “Lo que busco
desde hace años es vivir haciendo lo que me gusta”, resume. Para costear
sus películas de viajes este alpinista de 34 años se ha pasado años colgado
de fachadas y ha llegado a vender hasta la furgoneta de sus travesías.
Ahora ha encontrado estabilidad en Móstoles, con su productora Dokumalia
y con Ruth, la compañera que alivió sus incertidumbres y alienta sus sueños.

Dani Salas empezó a escalar en los años de instituto. “Los fines de semana nos íbamos a Cotos, en cuanto salíamos de clase los viernes. Nos llevábamos la cámara de vídeo del padre de un amigo y a las grabaciones les poníamos luego comentarios y música de Al Filo de lo Imposible”, recuerda. Dani, seguidor acérrimo del programa televisivo de escalada, soñaba con formar parte del equipo y lo conseguiría años más tarde, gracias a una mezcla de oportunidad y arrojo: “Pati Blasco, que trabajaba en la editorial Desnivel, nos invitó a una fiesta y allí nos presentaron a Sebastián Álvaro; sin pensarlo, nos presentamos: Somos Dani y Aitor y nos gustaría formar parte de Al Filo de lo Imposible; y ¡nos dijo que necesitaban gente joven con ganas de trabajar!, así que nos pusimos a ello”. Corría el año 1998 y nuestro protagonista estuvo de expediciones con TVE hasta el año 2001, en que decidió que tomaría su propio camino, muy propio de un inconformista a quien no le bastan la estabilidad de un sueldo fijo y experiencias viajeras condicionadas. “Éramos jóvenes y aquello ya no nos satisfacía, estábamos muy limitados y decidimos tomar un rumbo aparte”.
Con el abandono de Al Filo de lo Imposible se abrió para Dani una etapa
de altibajos. “Salían cosas, expediciones, encargos documentales y, cuando
no había, pues trabajaba como técnico de sonido, en eventos o directamente
hacía trabajos verticales limpiando o restaurando fachadas de edificios durante
un año o dos para permitirme un viaje de cuatro o cinco meses para filmar”.
¿Momentos críticos? “El peor llegó cuando tuve que vender la furgoneta para
terminar un trabajo comprometido y, a los cuatro meses, tuve que volver a
colgarme de fachadas sin saber si iba a salir algún nuevo encargo de cámara”,
no olvida. Fueron años de dudas y “dispersión”. “Entonces, apareció Ruth
y con ella la expedición a la Caldera de Luba, por encargo de la Universidad
Politécnica”. Tuvo que bajar al fondo de la caldera, 1.000 metros de rápeles,
selva, lluvia. “Fui como cámara, escalador, editor y aquella experiencia
es la que más me ha marcado: entramos muy pocas personas y estuvimos solos,
fue una experiencia al más puro estilo Livingstone, aventura total; trabajando
en esa película fue la primera vez que sentí de verdad que quizás podía lograr
algo”.
Uno sus asiduos compañeros de aventura en las últimas expediciones es Carlos Soria, un tapicero que al jubilarse decidió cumplir todos sus sueños de alpinista, incluidos picos de más de 8.000 metros. Con este hombre “que debería ser un ídolo nacional” Dani acaba de subir al Kilimanjaro. “He grabado 14 horas en África, de escalada muy técnica en roca en Monte Kenia y más relajada en el Kilimanjaro”. Era la tercera vez de Dani Salas en África, un continente que le hipnotiza. “Siento la llamada de África, es tan salvaje que produce adicción, ahí pones a prueba tu resistencia, dices qué duro es todo, pero al llegar a casa ya estás deseando volver”.
Su película El final de la soledad triunfó en 2009 en el Festival
de Torelló. Ha sido el principal hito de Dokumalia Producciones, la compañía-esperanza
de Dani Salas. “Llevo dos años seguidos viviendo de hacer lo que me gusta;
creo que por fin lo he conseguido; ahora van saliendo cosas: el proyecto
de África con Carlos Soria, estamos intentando producir una serie para Castilla-León
TV, estoy impartiendo un curso de Realización de Documentales de Montaña
y Naturaleza en el Espacio Joven Ribera y en la sierra”, concreta. Le parece
que “cojea menos todo”, pero no se confía y anhela el día simbólico en que
“pueda volver a comprar una furgoneta”, que no será fácil porque sigue pagando
el préstamo de la anterior. Si de soñar se trata, espera el día en que pueda
salir de expedición profesional con su compañera Ruth, que ahora ejerce de
agente forestal. Y se ilusiona con grabaciones de viaje “sin el factor de
aventura”; se explica: “Me gustaría darme un respiro, hacer publicidad incluso,
filmar; el documental es un mundo muy complicado y si a eso le sumas la montaña,
que es un mundo sin dinero, pues te das cuenta de que has elegido el cóctel
peor”. Al término de la entrevista, Dani, con la humildad que le caracteriza,
dice que desea añadir algo: “Quiero decir que llevo dos años viviendo en
Móstoles y que estoy encantado, contentísimo. Antes vivía en Villalba, cerca
de la sierra, y nunca había entrado en Móstoles; ahora sé que aquí se vive
muy bien”, remarca con referencias a la gente del barrio, a la familia de
su compañera, etc. Si cupiera aquí un capítulo de agradecimientos, habríamos
mencionado a su cuñado Edu, que le ha ayudado con la página web, a Cristina,
técnico de Formación de la Concejalía de Juventud, por su impulso; y es que
dice Dani que “antes”, en otros municipios, no le habían hecho “ni caso”.

A caballo del hard rock y el heavy metal, Atsphear es la evidencia de que la música contundente se agiganta con los matices. Tras nueve años bregando con un mercado inerte, de promotores sin riesgo y discográficas acomodaticias, esta banda mostoleña ha emprendido el camino opuesto al deseado por la mayoría: la autoproducción de su segundo álbum, Children of fields. Con una música veloz pero detallista y una oscura poética en las letras, Atsphear vindica el sitio que merece.
Y es que Manuel Probanza (guitarras), Carlos Delgado (bajo), Víctor Hernández (batería), Sergio Lara (guitarras) y Juan Domínguez (voz) disfrutan de la música tanto como el primer día: “Lo necesitamos para vivir, son ideas, realización personal, diversión, esquinazo al estrés laboral”, coinciden. Sin embargo, a punto de cumplir una década en la música, se encuentran en una encrucijada: Tienen buena música, pero ¿cómo conseguir tocar para un público multitudinario? “No hay un negocio sólido, ha desaparecido la figura del promotor y ahora cada banda es la que tiene que pagar el alquiler de local y o lo llena o palma dinero; de vez en cuando, hay individuos que invierten en grupos, pero, al primer batacazo, lo dejan; en realidad en cada gira haces sólo unas pocas fechas en condiciones, en Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao y, poco más; bueno, a nosotros nos va bien en ciudades como Santander, también”, comenta Juan.
Una discográfica tampoco garantiza nada. Atsphear tuvo compañía para su primer disco y no fue como esperaban. “Cuando ves al tío hablando por teléfono mientras te hace la mezcla… te das cuenta de que hay gente que piensa sólo en el negocio”, lamenta Víctor. “Y ya no nos fiamos. El segundo disco lo hemos hecho nosotros: nos ha llevado mucho más tiempo, esfuerzo y podemos fallar, claro, pero no nos quedamos con la duda de si no habremos hecho todo lo posible”, observa Manu. “La discográfica no cumplió ni con la publicidad, cubrió el expediente y punto”, se queja Sergio. “Nos aseguraban que se vendía el disco en tiendas de toda España pero lo cierto era que llegaban 10 copias y, si se acababan, nadie las reponía y no podíamos estar pendientes de lo que ocurría en tiendas fuera de Madrid, nos teníamos que fiar”, añade Carlos.
En vez de caer en el victimismo inmovilista, Atsphear se puso a funcionar
por su cuenta. Con “disciplina y paciencia”, pronto se recuperaron de aquella
decepción. Desde entonces funcionan en pura “sinergia”, cada cual aporta
todos sus conocimientos: Carlos se encarga de los diseños, Víctor de la informática,
Juan lleva la técnica de sonido y las letras, Sergio y Manu componen la música,
y todos colaboran en el resto de campos. Con el local de ensayo desdoblado
en “oficina”, han demostrado que la autoproducción exige pero da resultados: Children
of fields es una realidad ya, suena absolutamente profesional y se puede
comprar ya por internet a 12 euros www.atsphear.com.
“Tres años de trabajo y dinero de nuestros bolsillos para 70 minutos de música
puede parecerles exagerado a algunos, pero ya sólo la sensación de tener
el trabajo en la mano es una satisfacción”, recalcan. Han editado 500 copias
para empezar y, cuando las despachen, pues harán otra tirada de medio millar
y así hasta que dure. Su vía de promoción esencial es internet, “que funciona,
da cabida a todo el mundo” y permite hacer una finta definitiva a ese círculo
de revistas impresas especializadas que cobran pasta ¡por hacer una crítica
al disco! “Sí, hay que pagar para que te hagan una entrevista y una crítica;
por suerte hay medios underground y pequeñas revistas que sí apoyan
a los grupos, sin tener que pagar”, agradece Sergio.
Atsphear hace música en inglés. “Es una cuestión de sonoridad; el rock
suena mejor en inglés y funciona especialmente con un estilo más rítmico,
porque abunda en monosílabos y te permite componer mejor”, razona el vocalista
y autor de las letras. Sombras, desiertos, búsqueda, azar, fracaso, recuerdos,
lágrimas, salvación, humillación, control, inocencia, culpa… El quinteto
mostoleño se precia de haber conseguido “huir de los estereotipos” combinando
“las raíces del hard rock y el heavy metal de los años 70 y 80 y los sonidos
más atrevidos de la música de vanguardia”. ¿Sus armas? “Velocidad, virtuosismo,
gusto por la melodía y cuidado de los detalles”. Rapidez y contundencia sin
miedo “a un componente lírico sincero y original”. La mitad del disco es
“cera” y la otra mitad, “es tranquilo”, con un tema acústico incluido. Podéis
comprobarlo en www.atsphear.com,
porque se pueden escuchar todas las canciones de Children of fields,
desde los primeros temas, arrebatadores, hasta baladas de aliento cinematográfico
como Shadows o el arranque enigmático de Stained Streets con
historias de quien nunca aprende a elegir y tampoco a perder.
La próxima actuación de Atsphear en Madrid será el 8 de abril, en la sala Boite Live, en Tetuán, 27. Figura como banda invitada de Natural Born Stonehead. Salvo pifia inesperada de alguna federación de fútbol, parece que en esta ocasión no tendrán la competencia del balompié, como la vez en que presentaron su primer disco, en 2005, en la sala El Sol; con la emoción no se percataron de que ese día era el Madrid-Barça y aun así consiguieron 450 personas vibrando con New line system, todo un hito, nada casual, porque se habían pasado “dos meses pegando carteles por los alrededores de la sala El Sol”, recuerda el baterista.
Tienen un público “variopinto” si bien abundan los aficionados al metal y el rock de 18 a 30 años. La banda lamenta que sólo haya podido tocar una vez en su ciudad en todo este tiempo. Los premios Distrito Joven solucionarán esa comezón, en poco tiempo. Y las fiestas de septiembre están cerca y el rock duro tiene cartel y público más que suficiente. Atsphear tiene incluso videoclip de presentación del último trabajo: www.atsphear.com. Se pasaron una noche entera filmándolo, en una nave de la familia del vocalista. Una curiosidad: el baterista recuerda que se fundió seis baquetas de tantas tomas como tuvo que hacer.
Están acostumbrados al esfuerzo. “Hay gente que no sabe que somos nosotros los que llevamos el equipo a los conciertos, lo montamos, tocamos y al acabar recogemos; si es que cuando sales a un concierto vas ya en negativo: el alquiler de la furgo, la sala…”. Por eso cada cual necesita mantener su curro en paralelo: Víctor, de informático; Carlos, de comercial; Sergio, que se quedó en tercero de derecho, ha trabajado de retén de incendios y ahora baraja un proyecto relacionado con la grabación. Juan es licenciado en audiovisuales y ha hecho un máster en sonido y Manu busca trabajo de lo suyo, técnico en medio ambiente. Vivir de la música es un sueño… posible. “Si alguien me ofreciera cobrar 1.200 pavos mensuales haciendo música, lo firmaría ahora mismo, porque sería hacer lo que me gusta”, sonríe Sergio. “No quiero una limusina, sino que esto me dé para vivir”. Con su fórmula de “respeto (por lo que hacen los demás), paciencia y profesionalidad” llevan bastante adelantado.

En las esculturas de Isabel Martín lo primero es “el gesto, la espontaneidad, lo que es causa del azar”. Esa apuesta conceptual por “lo efímero” contrasta con el interés de esta estudiante de cuarto de Bellas Artes en trabajar con “materiales que aguanten la intemperie”. Isabel tiene 22 años y la mayoría de sus criaturas han nacido en la terraza acristalada de la casa familiar.
Hierro, madera, piedra, arcillas… Isabel modela sus obras en el material
que le resulta más propicio en cada ocasión. Y crea sin un rumbo estilístico
marcado, a caballo de la abstracción y la figuración. “Soy espontánea: me
viene la idea y la plasmo; disfruto con el gesto, con el azar”. Sus figuras
surgen de los pies al cielo. “Parto del punto de apoyo y busco formas muy
acrobáticas, que sugieran fuerza, tensión y que sean expresivas”. El barro
es cómplice de su hacer y deshacer. Y a veces se sirve de apuntes del natural
para recrear posturas humanas poco vistas.
Esta joven mostoleña juega con los volúmenes desde el bachillerato. Su padre pintaba, su madre hacía cerámica y ella probó en ambos frentes. “De pequeña me gustaba pintar, pero en el instituto (Europa) me sentí mucho más a gusto con las asignaturas de volumen”. En la Facultad de Bellas Artes descubrió que era mucho más que un impulso o un capricho. “Me gusta trabajar más en tres dimensiones que en dos, porque abarcas más el espacio y te puedes permitir ciertas licencias”.
En su terraza-taller, Isabel tiene piezas acabadas como El abuelo. Nos cuenta su génesis: “He querido captar el tiempo, Cronos, un hombre mayor que ha vivido mucho y sabe dónde pisa”. La joven artista verbaliza con intensidad sus obras y su experiencia creativa, quizás fruto de que piensa constantemente en la escultura. “Me vienen las ideas espontáneamente pero las voy modificando en la cabeza, las llevo encima”.
A Isabel le inspira “casi todo”, su alrededor, estampas de la calle, un material. En cualquier gesto atisba un esbozo, un punto de partida para una obra en la que trabajará, como siempre, al modo de la gacela: ligera, veloz y en silencio. Planea dedicarse profesionalmente a la escultura y no dejará de hacer cursos para “aprender técnicas que no se enseñan en la facultad”. Ha expuesto en la Feria Estampa, en la Fundación Caja de Ávila y en centros culturales fuera de Móstoles. Los premios Distrito Joven podrían darle la primera oportunidad de mostrar su obra en su ciudad.

Se pudo comprobar en el primer aniversario de Distrito Joven, en
el Teatro del Bosque, repleto y más vivo que nunca: jóvenes talentos de
Móstoles ofrecieron un espectáculo intenso de rock, rap, funk, baile urbano,
improvisación teatral y más, para festejar que en esta ciudad ya no hace
falta ser famoso para tener aplausos y reconocimiento.
Distrito Joven es la muestra palpable –sí, ahora también en papel, 10.000 ejemplares al mes- de que Móstoles da la palabra a los jóvenes que se esfuerzan, que batallan por cumplir sus sueños, como manifestó la concejal de Juventud, Eva Sánchez. Y, a juzgar por las sensaciones del aniversario, hay muchos jóvenes en el municipio con ganas de contar sus cuitas y de disfrutar con las experiencias de otros mostoleños. La expectación por la fiesta de aniversario fue de tal magnitud que el teatro más grande de la ciudad no pudo dar cabida a todos los jóvenes que querían entrar. En fin, que para el próximo habrá que preparar la farra en… ¿la plaza de toros? Pero sin el diluvio del otro día, eh, porque en el viernes del primer aniversario jarreó con un tesón sólo comparable al de los protas en el interior del Teatro del Bosque.
Aitor Nevado abrió la fiesta con Mi dulce piel, la canción con
la que aspiró al último Festival de Eurovisión. Luego, doble o triple ración
de rap: Margen De Error con su formula infalible de “Música+Diversión+Expresión”,
y Ego Soul y Kuso, capaces de sacarle el flanco soñador e ingenuo a esta
música de aire vindicativo. La actuación de Urban Dance dejó boquiabiertos
a los que no esperaban que el breakdance tuviera un nivel tan elevado en
Móstoles; además este grupo está haciendo cantera desde la Asociación Bailes
Urbanos. Funk Unity, numeroso conjunto compuesto por profesores y alumnos
del Conservatorio municipal y otros músicos, se estrenó en el aniversario
de Distrito Joven con cóctel de funk y rap.
En la recta final, Encrudo, banda de rock que está presentando por toda España su segundo álbum, Grabado en los huesos, su despegue definitivo en el movedizo panorama musical. Y, de cierre, Flow bajo Cuerda, un trío de jóvenes que en poco tiempo se ha hecho con una parroquia de seguidores que no se conforman con acompañar desde la butaca, no; ellos se levantaron y se pegaron al escenario, con los brazos extendidos y las cámaras listas para grabar el momento mágico: el teatro principal de la ciudad fue suyo durante unos minutos. Lo celebraron a voz en grito: “¡Móstoles… Imaginándome en lo alto de su cielo/ subiendo al escenario…!”.
La música vibrante fue el hilo de la fiesta, pero, como dijo uno de los
espectadores a la salida, “lo mejor de todo fue el ambientazo”. “Llevar una
anarquía juvenil controlada a un recinto como el Teatro del Bosque y lograr
que funcione es muy difícil. Y creo que lo hicisteis genial. El viernes se
demostró que la juventud de Móstoles está con vosotros y con lo que estáis
haciendo”, resumió. También actores jóvenes, como Sonia Almarcha (La
soledad) e Ismael Martínez (El Internado), que ejercieron de
cómplices exquisitos en alguna de las piezas teatrales con que el grupo de
improvisación de El Soto fue hilando las actuaciones musicales.
Por cierto, que todos-todos los artistas actuaron en la fiesta sin cobrar un euro, por el placer de “tocar en casa” y para celebrar que el Ayuntamiento de Móstoles “cuenta con los jóvenes”.

Cinco alumnos del centro Benjamín Rúa culminan en Chemnitz, una ciudad alemana populosa como Móstoles, su formación profesional en Sistemas de Telecomunicación e Informáticos. Deberán estirar los 1.800 euros de la beca Erasmus para los viajes, la residencia y la manduca durante los tres meses de prácticas laborales. Tienen de 20 a 22 años y es su primera experiencia “larga” fuera de España. Hablamos con ellos antes de la partida.

No es imprescindible ya ingresar en la universidad para agenciarse una beca Erasmus. En el instituto de enseñanza secundaria Benjamín Rúa de Móstoles ofrecen esta alternativa para que los jóvenes “se muevan por Europa”. Luis Miguel Escudero, de 20 años, y Guillermo Gea, Daniel Calero, Christian Navarro y César Vara, de 22, se animaron a probar y, a estas alturas, deben de estar haciendo vida Erasmus en Chemnitz, Alemania. Serán tres meses de prácticas en las empresas Authinity Systems, Planet Elektronik y Saek, un periodo de experiencia prelaboral que la mayoría de sus compañeros de clase cumplirá en España.
“En estos momentos de crisis económica, las oportunidades de quedarse a trabajar en la empresa en prácticas en España son casi nulas, por lo que es el momento de probar suerte en el extranjero”, justifica Guillermo. A Christian le preocupó inicialmente la lengua de Schiller; “Guillermo y yo hemos estado en Viena pero aprendimos sólo a pedir cerveza y salchichas”, bromea. Luego, indagando, descubrió que Chemnitz “es una ciudad Erasmus, con universidad, intercambios y donde uno puede desenvolverse en inglés; además, se supone que el tutor en las empresas sabrá inglés”, comentó.
Daniel también tuvo un instante de reparo, debido a las experiencias del
grupo que les precedió en Chemnitz. “No vinieron demasiado contentos y eso
me hizo echarme un poco para atrás al principio”, confiesa. Sin embargo,
se le pasó en cuanto pensó en la oportunidad de conocer otra cultura, mejorar
los idiomas y obtener experiencia. “Es la ocasión de pasar un tiempo fuera
de casa, de conocer otro mundo; hace falta un lado aventurero que no todo
el mundo tiene”, sonríe César, que el día de la entrevista estaba ansioso
por volver “a catar la independencia, la autonomía plena, lo que es vivir
fuera de casa”. A Christian, que vive solo desde hace tres años, le seduce
más bien el lado viajero del proyecto y el apunte internacional en el currículo.
“Porque se supone que la experiencia Erasmus cuenta”, apostilla Guillermo.
A los cinco les aguarda en Alemania primero un curso de “adaptación cultural y lingüística” y, a partir de entonces, cada cual intentará hacerse valer en la compañía asignada. No alimentan en exceso las expectativas de porvenir en Alemania, para evitar decepciones, pero tienen presente el caso de Maeva Rodríguez, ex alumna del Benjamín Rúa que tiempo después de las prácticas retornó a territorio germano y allá continúa; de hecho, ella es la que oficia de cicerone ocasional de los becarios y les ayuda a buscar alojamiento y aprovechar las posibilidades de la experiencia Erasmus.
En los meses previos a la partida los propulsores del programa Euromóvil Rúa han hecho ver a los alumnos que las becas pueden ser atajo hacia el mercado laboral y que lo aprovecharán quienes acrediten “movilidad, iniciativa, capacidad de relación, idiomas y trabajo en equipo”, precisamente las características que han medido los seleccionadores con una prueba de idioma, una entrevista personal y el informe definitivo. Los elegidos agradecen el impulso del instituto: “Aquí, en el centro, están muy predispuestos a hacer que nos movamos, que hagamos cosas, que solicitemos becas”, concreta Christian. A la vuelta, Daniel cursará “un máster” y los demás tratarán de encontrar trabajo en “programación electrónica, arquitectura de ordenadores, radio, televisión, redes…”.

Ioana Simona Simion pertenece a esa ola joven de inmigrantes que
estudian, tienen inquietudes culturales y han encontrado en Móstoles las
“oportunidades” que les escamoteaba su país. Ioana aterrizó en España hace
siete años, con su madre y el español mínimo y sentimental aprendido en
las telenovelas que llegaban a Rumanía. Venía “sólo” de visita, pero decidió
quedarse: “Vimos que aquí había más oportunidades de encontrar trabajo
y desarrollarse culturalmente”. Ahora tiene 22, estudia Turismo, habla
español con propiedad y es una mostoleña más.
El padre de Ioana llevaba ya dos años viviendo en España cuando la joven y su madre vinieron a pasar las vacaciones a la Comunidad de Madrid. “Nos gustó mucho el ocio, toda la actividad económica que falta en Rumanía y sobre todo vimos que aquí había más oportunidades de encontrar trabajo y de desarrollarse culturalmente”, recuerda. Tenía 15 años y medio y Móstoles le causó tan buena impresión que pidió a su madre que se instalaran definitivamente. Al poco ya estaba Ioana estudiando en un instituto mostoleño y, al terminar, se apuntó a un módulo de Turismo para ejercer como agente de viajes. “Me encanta aprender idiomas”, comenta; habla español, inglés, y rumano, claro. Al castellano se enganchó de una forma curiosa: los culebrones que emitían en la televisión rumana.
Ioana lleva siete años de vida en Móstoles. “Me gusta porque es una ciudad muy tranquila y la gente es muy sociable”. Vive en los alrededores del Teatro del Bosque y sonríe al hablar de sus convecinos: “Son muy majos”. Tiene amigos españoles y rumanos y, aunque al principio le resultó “difícil” acomodarse a las costumbres del nuevo país, hoy se siente integrada por completo.
En la actualidad busca futuro laboral como agente de viajes. Como cualquier candidata con ganas, rastrea ofertas por internet, está inscrita en empresas de trabajo temporal y visita empresas a la caza de esa oportunidad crucial.
Conocimos a Ioana en la Biblioteca Central de Móstoles, en una reciente
exposición pictórica de artistas de RoMadrid, un club cultural que reúne
a jóvenes rumanos que compatibilizan los estudios y el trabajo con las aspiraciones
creativas. Ioana nos contó que RoMadrid se forjó en internet, a partir de
un grupo creciente de jóvenes inscritos en un canal de mensajería instantánea.
Tras mucho comentario, impresiones e inquietudes compartidas, decidieron
conocerse de forma presencial y de aquel impulso nació el club, el año pasado
(www.romadrid.org).
Ahora organizan talleres de teatro, fotografía, literatura, arte y concursos
de billar, dardos, rap, ajedrez, y que muestran lo que hacen al resto de
ciudadanos de Madrid y de Móstoles.

Móstoles exportará talento para la cocina y la atención en sala, en cuanto
cristalicen las primeras promociones de la joven Escuela de Hostelería Simone
Ortega (c/ Pintor Velázquez, 64). En unas recientes jornadas profesionales
los alumnos asistieron a la exhibición de un robot para la cocina (contraplano
de la imagen), vieron cortar jamón a un campeón mundial y aprendieron a tallar
frutas, florear mesas y mucho más.

Elena Nieva, periodista |
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Francisco Valcarce Faba, actor y profesor |
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José Jerónimo Varas Solís, estudiante de Filología Clásica y rapero |
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